En cuanto se habla de compartir la ubicación aparece una imagen: el punto azul que una pareja celosa consulta una y otra vez, la aplicación que vende tus desplazamientos, el familiar que no da tregua. Esa desconfianza es sana. Compartir la ubicación se ha desvirtuado tanto que se han acabado confundiendo dos cosas muy distintas.

Que te vigilen es ser visible de forma permanente, sin haberlo consentido realmente, para alguien que no ha tenido que pedirlo. Compartir tu ubicación por tu seguridad es justo lo contrario: eres tú quien abre una ventana, para las personas que has elegido, durante el tiempo que decides, y quien la cierra después. La misma palabra cubre una relación de poder completamente invertida.

En la práctica, en SHARIXY tu ubicación solo existe durante una salida que hayas iniciado, o durante una alerta. Fuera de esos momentos no hay nada que ver, literalmente: no se registra nada, no se guarda nada. Nadie puede consultar dónde estás porque sí, nosotros incluidos. Y cuando la salida termina, el envío se corta en seco.

La forma correcta de juzgar cualquier envío de ubicación es hacerse tres preguntas. ¿Quién me ve? Solo los contactos que yo designe. ¿Cuándo? Solo mientras yo lo haya decidido. ¿Puedo cortarlo? En cualquier momento. Mientras las respuestas sean esas, no es vigilancia: es una red que tiendes tú misma y que sostienes tú sola.