El reflejo es designar a la persona a la que más queremos. No siempre es la elección acertada. Un contacto de confianza eficaz no se define por la intensidad del vínculo, sino por algo más prosaico: su capacidad de reaccionar de forma útil si una noche salta la alerta.

Lo primero que cuenta es la localizabilidad. Una persona que deja el móvil en silencio toda la noche, por mucho que te quiera, no te servirá de nada a las dos de la madrugada. Pregúntate, de forma muy concreta: ¿quién coge el teléfono de verdad? ¿Quién tiene el reflejo de devolver la llamada?

Lo segundo es la sangre fría. Ante una alerta no quieres a alguien que entre en pánico y llene la situación de angustia, sino a alguien capaz de llamarte con calma, valorar y decidir si hay que desplazarse o avisar a los servicios de emergencia. Ese tipo de temperamento vale oro en esos momentos.

Lo ideal es mezclar perfiles. Alguien que viva cerca de ti y pueda presentarse físicamente, y alguien siempre disponible al otro lado del teléfono aunque esté lejos. La cercanía geográfica y la disponibilidad son dos bazas distintas, y combinarlas hace que tu red sea más sólida.

Si son varias las personas que velan por ti, tómate el tiempo de repartir los papeles en lugar de mandárselo todo a la vez y en desorden. Puedes designar a quién se avisa primero y quién toma el relevo. En cualquier caso, háblalo antes con las personas implicadas. Un papel que se ha aceptado con conocimiento de causa es un papel que se asume de verdad el día que hace falta.